# 6

Fue detrás del telón, que Joaquín encontró la solitaria y polvorienta caja de cartón. Su curiosidad pudo más que su discreción y a los segundos estaba inclinado en suelo, sobre sus rodillas, descorriendo la tapa para ver su contenido secreto. Parecía un niño curioso buscando un juguete debajo de su cama.

Al destapar la caja, miró dentro y cayó de cuerpo entero por la ajustada boca de cartón. Si hubiéramos estado en ese lugar en ese preciso momento, ésta sería la extraña escena que veríamos: una caja de cartón sobre un suelo de tablones, detrás de un gran telón de terciopelo rojo, con su tapa descorrida y asomando de su interior, un par de piernas calzadas con zapatos de trabajo, haciendo movimientos desesperado.

Joaquín estaba en apuros. Colgaba (hacia dentro de la caja) solo gracias a su  pie izquierdo, que milagrosamente lo sostenía enganchado del borde de la caja. Del susto no se percató hasta luego de unos minutos que dentro de la caja había más. Había más espacio, aire (con olor extraño, dulzón), lugares increíblemente bellos y también vio algunos horripilantes; personas, aunque algo diferente que nosotros, objetos extraños y una música que lo convenció, de no resistir más su suerte. 

Y se dejó caer.

Yo encontré la caja un día sobre mi escritorio y hasta hoy sigue conmigo. Siempre la saco del armario (queda bajo llave en mi oficina) a la hora del almuerzo y me gusta abrir la tapa con mucho cuidado y ver dentro de ella. Es un poco sádico, lo confieso, pero reviso que esté siempre ahí. Y hasta hoy no ha fallado ni un almuerzo. Siempre esta Joaquín, sentado en un lugar, que no es ni lindo ni horrendo, mirando hacia el cielo (lo que vendría a ser para mí la boca de la caja)

 
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