# 2

El teatro estaba repleto y la función a punto de empezar. Cuando las luces se apagaron,  la oscuridad se comió al público. El escenario apareció como una bocanada de luz. Era un hueco flotando en la nada, con el fondo y los flancos tapizados en tela roja, el piso de madera y el techo con una luz pálida que venia de un sol artificial colgado de un universo metálico, formado de varillas, tornillos, tuercas y alambres. En el medio de aquel cosmos particular, una silla. Solo una silla. Pero unos instantes después, surgió un hombre (tal vez actor) por detrás del telón de fondo. Sale a escena con una caja de cartón bajo su brazo que luego de tomar asiento, la deposita en su regazo. Lentamente, como para crear un clima de incertidumbre, corre la tapa de la caja. Al instante ríe y ríe, y cada vez ríe más fuerte, hasta toser de risa, y la gente por contagio ríe también, hasta más no poder. El espectáculo era fantástico. Ver esa risa venir de la nada oscura y el actor mirando la caja, riendo estruendosamente sin revelar el secreto, pero comandando aquella locura.

La función fue un éxito y estuvo en cartelera mucho tiempo. Nadie sabe porque ni quien la bajo de cartel. 

 
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