# 3

Cuentan que regularmente un hombre salía al balcón de una calle de altos. Allí decía frases sin sentido y lo hacía a viva voz para que lo escucharan. La gente se agolpaba debajo, con sillas, de pié o sentados en el suelo. Algunos hacían de la ocasión verdaderas veladas, y traían canastas con comida y otros destapaban botellas y se convidaban, sin dejar de prestar atención al hombre que los hacia imaginar. Oyendo aquellas palabras sus cabezas empezaban a poblarse de imágenes, de personajes, de objetos.

Solamente diciendo frases sueltas, como estas:

“Llegó a la casa y golpeó la puerta, los cuadros se cayeron al piso y se rompieron en mil pedazos”

“No le daba la luz para leer aquel libro, pero las tapas de la encuadrenación las conocía de memoria solo de tocarlas”

“¡Desaparezcan, hienas!”

“¡Voila! ¡Aquí esta mi mejor invento!”

“Una risa en mil bocas”

“El color azul inundó mi mente”

“La pared conoce la triste historia de, Marcos, a quien le falta un brazo”

“El árbol creció al revés”

“Cuando inclinó el vaso, antes de morir, el agua se convirtió en arena”

 
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