# 1

Se enteró esa mañana que su amigo había muerto. Con las fuerzas que le quedaban, se vistió con su mejor ropa, pero eligió también que fuera solemne y sobria, como ameritaba la triste ocasión. 

Llegó al velatorio con la cara arrugada y húmeda por las lágrimas; estas generaban un brillo particular en su rostro, dándole un aspecto ceroso y una expresión tétrica. No bien entró, vio a la viuda y a la madre y al padre y a los hijos y a muchos de sus amigos y más amigos por allá que también eran amigos en común, pero decidió seguir camino hasta el cajón para saludar por última vez. El tiempo pareció detenerse y sonó música, de no se sabe donde, que alimentaba la escena del encuentro final. También las luces del lugar, en franca complicidad, ajustaron su brillo.

Al llegar al cajón vio al muerto, que era su amigo, y súbitamente soltó una risita. Como un eructo. El muerto tenia el pelo lacio y largo, peinado para adelante cubriéndole todo el rostro, como si fuera una máscara echa con hilos rústicos. Eso le causo gracia; más bien risa. Una risa incontenible, que llegaba hasta su garganta y que al parecer no tenía otra opción que vomitar carcajadas sobre el cajón. Risa que resonaba aún más por el silencio del resto de los presentes. Y rió mucho. Y se fue riendo, sin poder saludar a nadie.

 

 
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